
Luciana Espinoza, prom 2003, es directora y guionista de cine documental y vive en España. Su trayectoria ofrece muchos ángulos interesantes: el cine documental, la migración y el compromiso social.
Tu cine parte de experiencias personales. ¿En qué momento descubriste que el documental era el lenguaje ideal para contar esas historias?
Fue un proceso más que una decisión puntual. Durante un año y medio estudié Antropología, una experiencia que me marcó profundamente porque me permitió comprender mejor las complejidades del Perú y de las sociedades en general, y despertó en mí una gran curiosidad por las personas, las dinámicas sociales y las estructuras que atraviesan nuestras vidas. Sin embargo, sentía que no quería aproximarme a esa realidad únicamente desde la teoría, sino desde un lenguaje más sensible y cercano. Por eso decidí cambiarme a Comunicación Audiovisual con la idea de hacer fotografía social y documentales.
Paradójicamente, mi carrera profesional tomó otro rumbo y durante muchos años trabajé en ficción, llegando incluso a desempeñarme como directora de producción de largometrajes. Fue una etapa de enorme aprendizaje, pero con el tiempo empecé a cuestionar las dinámicas de producción tan jerárquicas y verticales que suelen caracterizar a ese tipo de rodajes. Sentía que, de alguna manera, me estaba alejando de aquello que originalmente me había llevado al cine.
El punto de inflexión llegó cuando estudié Cine Alternativo en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños de Cuba. Allí descubrí otras formas de hacer cine: producciones más pequeñas, colaborativas y libres, donde la creatividad tenía más peso que los recursos. Poco después, durante la pandemia, tuve el tiempo para replantearme qué tipo de cine quería hacer y comprendí que quería volver al documental.
Esa decisión coincidió también con un cambio de rumbo profesional: dejé atrás la producción para concentrarme en la dirección. Al terminar la pandemia me mudé a Barcelona para cursar el Máster en Documental Creativo en la Universitat Autònoma de Barcelona, una experiencia que terminó de consolidar esta nueva etapa.
Con el tiempo entendí que, en realidad, nunca abandoné la antropología; simplemente cambié el lenguaje. Las preguntas que me hacía entonces siguen
siendo las mismas, pero hoy intento explorarlas con una cámara o desde el montaje, en lugar de un marco teórico.
Aunque mis películas suelen partir de inquietudes muy personales, no me interesa hacer un cine exclusivamente autobiográfico. Me interesa que lo íntimo funcione como una puerta de entrada para comprender procesos sociales y políticos más amplios. Creo que una historia particular puede revelar estructuras que muchas veces permanecen invisibles: las dinámicas de poder, las desigualdades, las consecuencias de las fronteras o los efectos de decisiones políticas sobre la vida cotidiana. El documental tiene la capacidad de conectar una experiencia concreta con preguntas que nos atraviesan como sociedad y, muchas veces, como humanidad. Ese es el cine que me interesa hacer.
¿Cómo te fue con tu proyecto No hay camino, con los videos grabados por las propias personas migrantes que cruzaron el Tapón del Darién? ¿Cómo nació la idea de construir el documental desde ese material?
No hay camino nació a partir de una conversación con una amiga que había estado en Necoclí, Colombia, el lugar desde donde muchas personas emprenden la ruta hacia el Tapón del Darién. Ella me contó sobre la situación de las personas migrantes, la presencia de los traficantes y la complejidad de una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo. Esa conversación abrió en mí muchas preguntas sobre cómo se estaba contando esta experiencia y desde qué lugar podíamos acercarnos a ella.
Al inicio hice una investigación más tradicional: leí artículos, vi reportajes, revisé investigaciones de organizaciones no gubernamentales y todo el material disponible sobre este fenómeno. En ese proceso me encontré con un video de TikTok de una persona que había cruzado el Darién y que había registrado su propio recorrido. Ese encuentro me resultó profundamente revelador, porque planteaba una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando las propias personas migrantes construyen sus imágenes y narran su experiencia desde dentro?
Además, apareció otra dimensión importante del proyecto. Durante mucho tiempo me planteé viajar al Darién para hacer la película, pero la complejidad y los riesgos de seguridad de la ruta eran un elemento que no podía ignorar. Al descubrir estos archivos digitales, entendí que quizá la película podía construirse desde otro lugar: no desde una mirada externa que llega a registrar una realidad, sino desde las imágenes que ya existían y que habían sido creadas por quienes estaban atravesando ese camino.
A partir de ahí comencé a explorar redes sociales, grupos de WhatsApp de migrantes, Facebook, Instagram y TikTok, buscando esas huellas digitales del
viaje. Poco a poco descubrí que, si lograba construir una narrativa a partir de esos fragmentos, ahí había una película.
La propia investigación terminó convirtiéndose en la forma del documental. No hay camino se inscribe dentro del documental de escritorio (desktop documentary), donde la navegación, la búsqueda y el proceso de reconstrucción de archivos forman parte del relato. Me interesaba no solo contar la experiencia migratoria, sino también reflexionar sobre cómo hoy construimos memoria y conocimiento sobre los grandes conflictos globales a través de las imágenes digitales.
Incluso incorporé herramientas como ChatGPT como una especie de narrador del recorrido, no como una voz de autoridad, sino como una presencia que acompaña esta nueva manera de investigar, ordenar información y relacionarnos con los archivos. La película nace, finalmente, de una pregunta sobre la migración, pero también sobre la representación: quién tiene derecho a contar una historia y qué nuevas posibilidades existen cuando las propias personas toman la cámara para dejar registro de sus vidas.
También eres fundadora de la Asociación de Mujeres y Disidencias Audiovisuales del Perú (AMA). ¿Qué cambios has visto en la participación de las mujeres en el cine peruano y qué retos siguen pendientes?
AMA nació durante la pandemia a partir de un grupo pequeño de mujeres del sector audiovisual que habíamos compartido o presenciado de cerca experiencias de abuso y desigualdad dentro de estructuras de poder muy marcadas en la industria. Nació desde una mezcla de rabia, necesidad de visibilizar una realidad que muchas veces permanecía silenciada y, sobre todo, desde el deseo de construir soluciones colectivas.
Desde el inicio entendimos que no se trataba únicamente de visibilizar a más cineastas mujeres, sino de cuestionar las condiciones en las que trabajábamos y generar redes de apoyo. Por eso AMA se planteó como una red abierta para mujeres y disidencias del audiovisual, independientemente del rol que ocuparan dentro del sector, con el objetivo de compartir experiencias, acompañarnos y dejar de enfrentar estas situaciones de manera individual.
Uno de los momentos más importantes fue la elaboración de un reporte sobre desigualdad y violencia dentro del sector audiovisual peruano. Este documento permitió poner en evidencia una problemática que muchas veces se había normalizado y abrió los ojos tanto a nosotras mismas como a nuestros compañeros de trabajo.
Otro de los logros más significativos fue impulsar la creación de protocolos de prevención y atención frente a situaciones de violencia, así como nuevas formas de entender los espacios de trabajo dentro y fuera de los sets de grabación. También conseguimos que estas problemáticas tuvieran mayor incidencia dentro de la DAFO (Dirección del Audiovisual, la Fonografía y los Nuevos Medios) del Ministerio de Cultura del Perú, generando espacios de diálogo y acciones orientadas a construir una industria más segura y equitativa.
Con el tiempo, muchas de las fundadoras tomamos nuevos caminos fuera del país y entendimos que era necesario dar paso a nuevas generaciones para continuar este proceso. Personalmente siento que mi ciclo dentro de AMA cumplió una etapa y hoy estoy más enfocada en mi carrera como directora, pero sigo creyendo profundamente en la importancia de estos espacios colectivos y en la necesidad de que continúen existiendo.
Creo que se han logrado avances importantes en la participación y visibilización de las mujeres dentro del cine peruano, pero la transformación de la industria es un proceso continuo. Ningún derecho adquirido se mantiene automáticamente; requiere participación, vigilancia y compromiso permanente. Todavía quedan muchos retos pendientes para lograr espacios donde las mujeres y las disidencias puedan desarrollar sus carreras en condiciones de igualdad, respeto y seguridad.
¿Crees que el cine documental puede contribuir a transformar la manera en que entendemos nuestra sociedad?
Creo que el cine documental tiene una doble capacidad de transformación: desde lo artístico y desde lo social. Por un lado, el documental creativo permite explorar nuevas formas de expresión, experimentar con el lenguaje cinematográfico y encontrar maneras distintas de acercarnos a la realidad. No se trata únicamente de registrar lo que ocurre, sino de construir una mirada, proponer nuevas formas narrativas y ampliar las posibilidades de lo que entendemos como cine.
Por otro lado, tanto el documental como la ficción tienen la capacidad de generar preguntas, despertar curiosidad y acercar al público a realidades que quizás desconoce. Una película no necesariamente cambia una situación por sí sola, pero puede transformar la forma en que una persona entiende un problema, cuestionar ideas preconcebidas y abrir espacios de reflexión.
En mi experiencia con No hay camino, ha ocurrido algo muy especial y profundamente satisfactorio: muchas personas me han agradecido por acercarles una realidad que desconocían. Para una parte del público español y europeo, la ruta migratoria del Tapón del Darién era una realidad poco conocida, a pesar de ser uno de los corredores migratorios más complejos y peligrosos del mundo. La
posibilidad de mostrar esta experiencia desde las propias imágenes de quienes la atravesaron permitió acercar una realidad que muchas veces llega mediada por cifras, noticias o discursos políticos, pero pocas veces desde la experiencia directa de sus protagonistas.
Para mí, ahí reside una de las fuerzas del cine: en la capacidad de crear puentes entre realidades que pueden parecer lejanas y generar una conexión humana. El documental no tiene necesariamente que dar respuestas cerradas, sino abrir preguntas, cuestionar nuestras formas de mirar y crear espacios donde podamos comprender mejor el mundo que habitamos.
¿Qué proyectos estás desarrollando actualmente y qué te gustaría explorar en el futuro como directora y guionista?
Actualmente estoy enfocada en el recorrido y la distribución de No hay camino. Estamos buscando financiación para poder llevar la película a Estados Unidos, porque creemos que es un público natural para la película, no solo por la dimensión de la migración latinoamericana, sino porque plantea preguntas sobre las fronteras, los desplazamientos humanos y las formas en que construimos relatos sobre estos fenómenos globales.
Paralelamente, estoy desarrollando nuevos proyectos que continúan explorando temas que atraviesan mi trabajo: la memoria, la migración, la identidad y las formas en que las personas construimos vínculos a pesar de las distancias. Uno de ellos es un proyecto híbrido que nace de una pregunta: ¿qué ocurre con las despedidas que no pueden suceder? A partir de esta inquietud estoy trabajando con la idea de construir un archivo digital de despedidas imposibles, aquellas que quedan suspendidas por procesos como la migración, la pandemia, el encarcelamiento u otras circunstancias que separan físicamente a las personas. Me interesa explorar cómo la tecnología se convierte en un espacio donde conservamos ausencias, afectos y memorias.
También estoy desarrollando un proyecto vinculado al aeropuerto de Barcelona, una ciudad atravesada por el turismo masivo y por una economía basada en el movimiento constante de personas. En este caso parto de una experiencia muy personal: la de una cineasta que trabaja en empleos precarios para poder financiar los documentales que quiere hacer. Desde dentro de esa realidad, me interesa observar las contradicciones de una ciudad global, las condiciones laborales que sostienen la industria turística y la tensión entre perseguir una vocación artística y la necesidad de sobrevivir.
En el futuro quiero seguir profundizando en el documental híbrido y en la búsqueda de nuevas formas narrativas. Me interesa trabajar en la frontera entre el
documental, el archivo, las nuevas tecnologías y otros lenguajes contemporáneos, explorando cómo podemos ampliar las posibilidades del cine para acercarnos a la realidad. Para mí, la innovación formal no está separada de la mirada política y social: encontrar nuevas formas de contar también es una manera de encontrar nuevas formas de mirar el mundo.

